I cani romantici (II)

Roberto Bolaño

Roberto Bolaño

SANGRIENTO DÍA DE LLUVIA

Ah, sangriento día de lluvia
qué haces en el alma de los desamparados,
sangriento día de voluntad apenas entrevista:
detrás de la cortina de juncos, en el barrizal,
con los dedos de los pies agarrotados en el dolor
como un animal pequeño y tembloroso:
pero tu no eres pequeño y tus temblores son de placer,
día revestido con las potencias de la voluntad,
aterido y fijo en un barrizal que acaso no sea
de este mundo, descalzo en medio del sueño que se mueve
desde nuestros corazones hasta nuestras necesidades,
desde la ira hasta el deseo: cortina de juncos
que se abre y nos ensucia y nos abraza.

 

SANGUINANTE GIORNO DI PIOGGIA

Cosa fai nell’anima dei derelitti,
sanguinante giorno di pioggia,
sanguinante giorno di volontà a malapena intravista:
dietro la tendina di canne, nella fanghiglia,
con le dita dei piedi irrigidite nel dolore
come un piccolo animale tremante:
ma tu non sei piccolo e i tuoi tremori sono di piacere,
giorno rivestito con la forza del volere,
intirizzito e immobile in una fanghiglia che forse non è
di questo mondo, scalzo in mezzo al sogno che trascorre
dai nostri cuori fino ai nostri bisogni,
dall’ira fino al desiderio: tendina di canne
che si apre e ci insozza e ci abbraccia.

 

*

 

 

EL GUSANO

Demos gracias por nuestra pobreza, dijo el tipo vestido
con harapos.]
Lo vi con este ojo: vagaba por un pueblo de casas chatas,
hechas de cemento y ladrillos, entre México y Estados Unidos.
Demos gracias por nuestra violencia, dijo, aunque sea estéril
como un fantasma, aunque a nada nos conduzca,
tampoco estos caminos conducen a ninguna parte.
Lo vi con este ojo: gesticulaba sobre un fondo rosado
que se resistía al negro, ah, los atardeceres de la frontera,
leídos y perdidos para siempre.
Los atardeceres que envolvieron al padre de Lisa
a principios de los cincuenta.
Los atardeceres que vieron pasar a Mario Santiago,
arriba y abajo, aterido de frío, en el asiento trasero
del coche de un contrabandista. Los atardeceres
del infinito blanco y del infinito negro.

Lo vi con este ojo: parecía un gusano con sombrero de paja
y mirada de asesino
y viajaba por los pueblos del norte de México
como si anduviera perdido, desalojado de la mente,
desalojado del sueño grande, el de todos,
y sus palabras eran, madre mía, terroríficas.

Parecía un gusano con sombrero de paja,
ropas blancas
y mirada de asesino.
Y viajaba como un trompo
por los pueblos del norte de México
sin atreverse a dar el paso,
sin decidirse
a bajar al D.F.

Lo vi con este ojo
ir y venir
entre vendedores ambulantes y borrachos,
temido,
con el verbo desbocado por calles
de casas de adobe.
Parecía un gusano blanco
con un Bali entre los labios
o un Delicados sin filtro.
Y viajaba de un lado a otro
de los sueños,
tal que un gusano de tierra,
arrastrando su desesperación,
comiéndosela.

Un gusano blanco con sombrero de paja
bajo el sol del norte de México,
en las tierras regadas con sangre y palabras mordaces
de la frontera, la puerta del Cuerpo que vio Sam Peckinpah,
la puerta de la Mente desalojada, el puritito
azote, y el maldito gusano blanco allí estaba,
con su sombrero de paja y su pitillo colgando
del labio inferior, y tenía la misma mirada
de asesino de siempre.

Lo vi y le dije tengo tres bultos en la cabeza
y la ciencia ya no puede hacer nada conmigo.
Lo vi y le dije sáquese de mi huella so mamón,
la poesía es más valiente que nadie,
las tierras regadas con sangre me la pelan, la Mente desalojada
apenas si estremece mis sentidos.
De estas pesadillas sólo conservaré
estas pobres casas,
estas calles barridas por el viento
y no su mirada de asesino.

Parecía un gusano blanco con su sombrero de paja
y su pistola automática debajo de la camisa
y no paraba de hablar solo o con cualquiera
acerca de un poblado que tenía
por lo menos dos mil o tres mil años,
allá por el norte, cerca de la frontera
con los Estados Unidos,
un lugar que todavía existía,
digamos cuarenta casas,
dos cantinas,
una tienda de comestibles,
un pueblo de vigilantes y asesinos
como él mismo,
casas de adobe y patios encementados
donde los ojos no se despegaban
del horizonte
(de ese horizonte color carne
como la espalda de un moribundo).
¿Y qué esperaban que apareciera por allí?, pregunté.
El viento y el polvo, tal vez.
Un sueño mínimo
pero en el que empeñaban
toda su obstinación, toda su voluntad.

Parecía un gusano blanco con sombrero de paja y un Delicados
colgando del labio inferior.
Parecía un chileno de veintidós años entrando en el Café
La Habana]
y observando a una muchacha rubia
sentada en el fondo,
en la Mente desalojada.
Parecían las caminatas a altas horas de la noche
de Mario Santiago.

En la Mente desalojada.
En los espejos encantados.
En el huracán del D.F.
Los dedos cortados renacían
con velocidad sorprendente.
Dedos cortados,
quebrados,
esparcidos
en el aire del D.F.

 

IL VERME

Rendiamo grazie per la nostra povertà, disse il tipo
vestito di stracci.]
Lo vidi con quest’occhio: vagava per un paese di case piatte,
fatte di cemento e mattoni, fra Messico e Stati Uniti.
Rendiamo grazie per la nostra violenza, disse, anche se sterile
come un fantasma, anche se non ci porta a nulla,
ma nemmeno queste strade conducono da qualche parte.
Lo vidi con quest’occhio: gesticolava su uno sfondo rosa
che resisteva al nero, ah, i tramonti della frontiera,
letti e perduti per sempre.
I tramonti che si portarono via il padre di Lisa
all’inizio degli anni Cinquanta.
I tramonti che videro passare Mario Santiago,
su e giù, mezzo assiderato, sul sedile posteriore
della macchina di un contrabbandiere. I tramonti
dell’infinito bianco e dell’infinito nero.

Lo vidi con quest’occhio: sembrava un verme con cappello di paglia
e sguardo da assassino,
viaggiava per i paesi del nord del Messico
come se si fosse perso, sloggiato dalla mente,
sfrattato dal grande sogno, quello di tutti,
e le sue parole, madre mia, erano terribili.

Sembrava un verme con cappello di paglia,
vestiti bianchi
e sguardo da assassino.
Viaggiava come una trottola
per i paesi del nord del Messico,
senza azzardarsi a fare il grande passo,
senza decidersi
a scendere nella capitale.

Lo vidi con quest’occhio
andare e venire
tra venditori ambulanti ubriachi,
temuto,
col suo linguaggio scurrile per le contrade
di case di mattoni.
Sembrava un verme bianco
con un Bali fra le labbra
o un Delicados senza filtro.
E viaggiava da una parte all’altra
dei sogni,
simile a un verme di terra,
trascinando la propria disperazione,
mangiandosela.

Un verme bianco con cappello di paglia
sotto il sole del nord del Messico,
nelle terre irrigate di sangue e parole sferzanti
della frontiera, la porta del Corpo che vide Sam Peckinpah,
la porta della Mente svuotata, il flagello
di se stesso, e il maledetto verme bianco era lì,
col suo cappello di paglia e la sigaretta appesa
al labbro inferiore, col medesimo sguardo
d’assassino di sempre.

Lo vidi e gli dissi ho tre grumi dentro la testa
e la scienza non può più fare niente per me.
Lo vidi e gli dissi togliti dai coglioni, pezzo di merda,
la poesia non ha paura di nessuno,
delle terre irrigate di sangue me ne sbatto, la Mente svuotata
a malapena mi solletica i sensi.
Di questi incubi ricorderò soltanto
queste povere case,
queste strade spazzate dal vento,
non certo il suo sguardo di assassino.

Sembrava un verme bianco col suo cappello di paglia
e la pistola automatica sotto la camicia
e non la smetteva di raccontare a se stesso o a chiunque
di un villaggio vecchio
di almeno duemila o tremila anni,
lassù al nord, vicino alla frontiera
con gli Stati Uniti,
un luogo che esisteva ancora,
diciamo una quarantina di case,
due osterie,
un negozio di alimentari,
un paese di vigilanti e assassini
proprio come lui,
case di mattoni e cortili in cemento
dove gli occhi non si staccavano
dall’orizzonte
(da quell’orizzonte color carne
come la schiena di un moribondo).
E cosa si aspettavano che arrivasse da lì?, domandai.
Il vento e la polvere, forse.
Un sogno minimo,
ma nel quale impegnavano
tutte le loro risorse, ogni loro volontà.

Sembrava un verme bianco con cappello di paglia e un Delicados
appeso al labbro inferiore.
Sembrava un cileno di ventidue anni che entra nel Caffè La Habana
e osserva la ragazza bionda
seduta in fondo,
nella Mente svuotata.
Sembravano le camminate a notte fonda
di Mario Santiago.

Nella Mente svuotata.
Negli specchi incantati.
Nell’uragano della capitale.
Le dita troncate ricrescevano
con velocità sorprendente.
Dita troncate,
spezzate,
disseminate
nell’aria di Città del Messico.

 

*

 

LUPE

Trabajaba en la Guerrero, a pocas calles de la casa de Julián
y tenía 17 años y había perdido un hijo.
El recuerdo la hacía llorar en aquel cuarto del hotel Trébol,
espacioso y oscuro, con baño y bidet, el sitio ideal
para vivir durante algunos años. El sitio ideal para escribir
un libro de memorias apócrifas o un ramillete
de poemas de terror. Lupe
era delgada y tenía las piernas largas y manchadas
como los leopardos.
La primera vez ni siquiera tuve una erección:
tampoco esperaba tener una erección. Lupe habló de su vida
y de lo que para ella era la felicidad.
Al cabo de una semana nos volvimos a ver. La encontré
en una esquina junto a otras putitas adolescentes,
apoyada en los guardabarros de un viejo Cadillac.
Creo que nos alegramos de vemos. A partir de entonces
Lupe empezó a contarme cosas de su vida, a veces llorando,
a veces cogiendo, casi siempre desnudos en la cama,
mirando el cielorraso tomados de la mano.
Su hijo nació enfermo y Lupe prometió a la Virgen
que dejaría el oficio si su bebé se curaba.
Mantuvo la promesa un mes o dos y luego tuvo que volver.
Poco después su hijo murió y Lupe decía que la culpa
era suya por no cumplir con la Virgen.
La Virgen se llevó al angelito por una promesa no sostenida.

Yo no sabía qué decirle.
Me gustaban los niños, seguro,
pero aún faltaban muchos años para que supiera
lo que era tener un hijo.
Así que me quedaba callado y pensaba en lo extraño
que resultaba el silencio de aquel hotel.
O tenía las paredes muy gruesas o éramos los únicos ocupantes
o los demás no abrían la boca ni para gemir.
Era tan fácil manejar a Lupe y sentirte hombre
y sentirte desgraciado. Era fácil acompasarla
a tu ritmo y era fácil escuchada referir
las últimas películas de terror que había visto
en el cine Bucareli.
Sus piernas de leopardo se anudaban en mi cintura
y hundía su cabeza en mi pecho buscando mis pezones
o el latido de mi corazón.
Eso es lo que quiero chuparte, me dijo una noche.
¿Qué, Lupe? El corazón.

 

LUPE

Lavorava nella Guerrero, a pochi isolati dalla casa di Julián.
Aveva diciassette anni e aveva perso un figlio.
Il ricordo la faceva piangere in quella camera dell’hotel Trébol,
spaziosa e buia, con bagno e bidet, il luogo ideale
per viverci qualche anno. Il luogo ideale per scrivere
un libro di memorie apocrife o una raccolta
di poesie del terrore. Lupe
era magra e aveva gambe lunghe e maculate
come i leopardi.
La prima volta non ebbi nemmeno un’erezione:
in verità neppure mi aspettavo di averla. Lupe parlò della sua vita
e di quello che per lei rappresentava la felicità.
Una settimana dopo capitò che ci rivedessimo. La incontrai
a un incrocio insieme ad altre puttanelle adolescenti,
appoggiata al parafango di una vecchia Cadillac.
Credo fossimo contenti di rivederci. Da allora
Lupe cominciò a raccontarmi fatti della sua vita, a volte piangendo,
a volte mentre facevamo sesso, quasi sempre nudi sul letto,
guardando il soffitto mano nella mano.
Suo figlio era nato malato e Lupe promise alla Madonna
che avrebbe lasciato il mestiere se il bambino fosse guarito.
Tenne fede al giuramento per un mese o due ma poi dovette riprendere.]
Poco dopo suo figlio morì e Lupe diceva che la colpa
era sua, che non aveva rispettato il voto fatto alla Vergine,
la quale s’era portata via l’angioletto per la promessa mancata.

Io non sapevo cosa dirle.
I bambini mi piacevano, è vero,
ma sarebbero passati ancora molti anni
prima che conoscessi cosa vuol dire avere un figlio.
Così me ne restavo zitto e pensavo a quanto suonasse
strano il silenzio in quell’hotel.
O aveva pareti molto spesse o eravamo gli unici occupanti,
oppure gli altri non aprivano bocca nemmeno per gemere.
Era così facile disporre di Lupe e sentirsi uomo,
sentirsi infelice. Era facile costringerla
al proprio ritmo, facile sentirla riferire
degli ultimi film di terrore che aveva visto
nel cinema Bucareli.
Le sue gambe di leopardo si avvinghiavano ai miei fianchi
mentre affondava la testa sul mio petto cercando i capezzoli
o il battito del mio cuore.
E’ questo che voglio succhiarti, mi disse una notte.
Che cosa, Lupe? Il cuore.

 

(Traduzione di fm. Opus in fieri.)
Qualche notizia sull’opera qui
A questo indirizzo il bellissimo sito italiano Archivio Bolaño.

 

 

__________________________
Testi tratti da:
Roberto Bolaño
Los perros románticos (1980-1998)
Barcelona, Editorial Lumen, 2000
Versione telematica:
Ediciones Delirio, 2005
__________________________

 

 

***

11 pensieri riguardo “I cani romantici (II)”

  1. certo trasporre i versi di bolano non deve essere stata cosa agevole, cmq versi di struggente bellezza e (da non esperto) resi magnificamente.. grazie francesco per aver inserito, qui, i due lavori che feci per testi di r. b., un caro saluto
    erremme

  2. Il gusano compare anche nelle Chiamate telefoniche… può entrare di diritto nella miscellanea delle ossessioni ricorrenti della sua opera. Ne ha parlato anche nella intevista “cilena” che l’Archivio ha tradotto. Non mi sarei meravigliato se l’ultimo pezzo di 2666 lo avesse riguardato più da vicino. Anche solo per qualche capitolo.

    Forse non sarà un poeta, Bolano, come è stato detto da qualcuno, ma trovo che le sue poesie siano davvero belle, le immagini sono nitide e squisitamente “sudamericane”… forse più di quelle dei suoi romanzi…

  3. E’ una questione annosa, Din, di solito queste definizioni liquidatorie vengono da persone (scrittori, poeti, critici) che non sanno accettare e riconoscere nient’altro al di fuori dell’angusto spazio “creativo” che hanno perimetrato, e filospinato, per sé e i propri con-giunti. Tant’è, nemmeno li leggo più e, francamente, mi sento anche più leggero.

    Leggendo e rileggendo “Los perros”, invece, mi vado sempre più convincendo che un preciso disegno di poetica unisce, ab origine, i testi di quest’opera: un disegno che si definisce mediante l’attraversamento dei metri classici della tradizione di riferimento, che pure vengono utilizzati e ridefeniti, quando non scientemente dinamitati e fatti esplodere, alla ricerca ossessiva di un’idea di poesia nella quale il “racconto” ha un ruolo e una funzione particolari: non solo quelli di dire l’esistente o l’accaduto, ma di sospendere il “fatto” in una dimensione estra-testuale ed estra-contestuale aperta al gioco infinito delle possibilità, delle combinazioni, del non-ancora (il “gioco del mondo” di cortazariana memoria): il gioco dei possibili come matrice sostanziale, sostanzialmente indefinibile, dell’esistenza.

    fm

  4. Francesco, molto bella il tuo paragrafo di critica a questi testi. Mi pare di capire però che secondo te c’è uno spago tra i vari generi trattati da Bolano… spago che collega anche la poesia… ma mentre per alcuni questo gli toglie la patente di poeta, per te Bolano riesce anche così a declinarsi come Bolano e come poeta. La penso così anche io. ma ti rilancio su un altro punto. Secondo me il Bolano meno interessante è quello dei racconti. So che i suoi romanzi possono esser visti come una successione di racconti, spesso anche slegati, ma la sua accortezza sta proprio nella saldatura ( qui sta il progetto, il disegno di poetica di Bolano ). Nei racconti penso che perda molto, non riesce a creare quel mondo piccolo e “a scoppio” che ci vuole, secondo me, nel racconto. Cioè, se li avesse inseriti in un romanzo, avrebbero acquistato la qualità di una perlina nel giro d’una collana, ma così, a me non significano poi molto.
    Come poeta invece si ritrova quella omogeneità che tu giustamente noti.

  5. Sono d’accordo, razionalmente, con quello che annoti sui racconti – un genere dove, probabilmente, non riesce a “quagliare” al livello (inarrivabile) dei romanzi.

    Ma… “visceralmente” (il mio approccio all’opera di RB è tale, fin dal primo incontro moriniano-selleriano di tanti anni fa) la mia opinione è un’altra: hanno comunque grandissima autonomia, l’autonomia “improbabile” di tessere variegate, disperse, che solo l’occhio del lettore può ricondurre a unità (improbabile e transeunte come la prima): tracce seminali di un discorso a venire.

    Ma non chiedermi ‘ste cose – sai bene che se mi presenti la sua lista della spesa ti dico che è un capolavoro :)

    Sono in-attendibile, direi quasi in-affidabile…

    fm

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