Donne in amore

los-perros-romanticos

Roberto Bolaño

Tratto da
Los perros románticos / I cani romantici
(1980-1998)
Traduzione di Francesco Marotta
“Quaderni di Traduzioni” XII, luglio-dicembre 2012

 

LUPE

Trabajaba en la Guerrero, a pocas calles de la casa de Julián
y tenía 17 años y había perdido un hijo.
El recuerdo la hacía llorar en aquel cuarto del hotel Trébol,
espacioso y oscuro, con baño y bidet, el sitio ideal
para vivir durante algunos años. El sitio ideal para escribir
un libro de memorias apócrifas o un ramillete
de poemas de terror. Lupe
era delgada y tenía las piernas largas y manchadas
como los leopardos.
La primera vez ni siquiera tuve una erección:
tampoco esperaba tener una erección. Lupe habló de su vida
y de lo que para ella era la felicidad.
Al cabo de una semana nos volvimos a ver. La encontré
en una esquina junto a otras putitas adolescentes,
apoyada en los guardabarros de un viejo Cadillac.
Creo que nos alegramos de vemos. A partir de entonces
Lupe empezó a contarme cosas de su vida, a veces llorando,
a veces cogiendo, casi siempre desnudos en la cama,
mirando el cielorraso tomados de la mano.
Su hijo nació enfermo y Lupe prometió a la Virgen
que dejaría el oficio si su bebé se curaba.
Mantuvo la promesa un mes o dos y luego tuvo que volver.
Poco después su hijo murió y Lupe decía que la culpa
era suya por no cumplir con la Virgen.
La Virgen se llevó al angelito por una promesa no sostenida.

Yo no sabía qué decirle.
Me gustaban los niños, seguro,
pero aún faltaban muchos años para que supiera
lo que era tener un hijo.
Así que me quedaba callado y pensaba en lo extraño
que resultaba el silencio de aquel hotel.
O tenía las paredes muy gruesas o éramos los únicos ocupantes
o los demás no abrían la boca ni para gemir.
Era tan fácil manejar a Lupe y sentirte hombre
y sentirte desgraciado. Era fácil acompasarla
a tu ritmo y era fácil escuchada referir
las últimas películas de terror que había visto
en el cine Bucareli.
Sus piernas de leopardo se anudaban en mi cintura
y hundía su cabeza en mi pecho buscando mis pezones
o el latido de mi corazón.
Eso es lo que quiero chuparte, me dijo una noche.
¿Qué, Lupe? El corazón.

 

LUPE

Lavorava nella Guerrero, a pochi isolati dalla casa di Julián.
Aveva diciassette anni e aveva perso un figlio.
Il ricordo la faceva piangere in quella camera dell’hotel Trébol,
spaziosa e buia, con bagno e bidet, il luogo ideale
per viverci qualche anno. Il luogo ideale per scrivere
un libro di memorie apocrife o una raccolta
di poesie del terrore. Lupe
era magra e aveva gambe lunghe e maculate
come i leopardi.
La prima volta non ebbi nemmeno un’erezione:
in verità neppure mi aspettavo di averla. Lupe parlò della sua vita
e di quello che per lei rappresentava la felicità.
Una settimana dopo capitò che ci rivedessimo. La incontrai
a un incrocio insieme ad altre puttanelle adolescenti,
appoggiata al parafango di una vecchia Cadillac.
Credo fossimo contenti di rivederci. Da allora
Lupe cominciò a raccontarmi fatti della sua vita, a volte piangendo,
a volte mentre facevamo sesso, quasi sempre nudi sul letto,
guardando il soffitto mano nella mano.
Suo figlio era nato malato e Lupe promise alla Madonna
che avrebbe lasciato il mestiere se il bambino fosse guarito.
Tenne fede al giuramento per un mese o due ma poi dovette riprendere.
Poco dopo suo figlio morì e Lupe diceva che la colpa
era sua per non aver rispettato il voto fatto alla Vergine,
che s’era portata via l’angioletto per la promessa mancata.

Io non sapevo cosa dirle.
I bambini mi piacevano, è vero,
ma sarebbero passati ancora molti anni
prima che conoscessi cosa vuol dire avere un figlio.
Così me ne restavo zitto e pensavo a quanto suonasse
strano il silenzio in quell’hotel.
O aveva pareti molto spesse o eravamo gli unici occupanti,
oppure gli altri non aprivano bocca nemmeno per gemere.
Era così facile disporre di Lupe e sentirsi uomo
e sentirsi infelice. Era facile costringerla
al proprio ritmo, facile sentirla riferire
degli ultimi film di terrore che aveva visto
nel cinema Bucareli.
Le sue gambe di leopardo si avvinghiavano ai miei fianchi
mentre affondava la testa sul mio petto cercando i capezzoli
o il battito del mio cuore.
E’ questo che voglio succhiarti, mi disse una notte.
Che cosa, Lupe? Il cuore.

 

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LA FRANCESA

Una mujer inteligente.
Una mujer hermosa.
Conocía todas las variantes, todas las posibilidades.
Lectora de los aforismos de Duchamp y de los relatos de Defoe.
En general con un auto control envidiable,
Salvo cuando se deprimía y se emborrachaba,
Algo que podía durar dos o tres días,
Una sucesión de burdeos y valiums
Que te ponía la carne de gallina.
Entonces solía contarte las historias que le sucedieron
Entre los 15 y los 18.
Una película de sexo y de terror,
Cuerpos desnudos y negocios en los límites de la ley,
Una actriz vocacional y al mismo tiempo una chica con extraños rasgos de avaricia.]
La conocí cuando acababa de cumplir los 25,
En una época tranquila.
Supongo que tenía miedo de la vejez y de la muerte.
La vejez para ella eran los treinta años,
La Guerra de los Treinta Años,
Los treinta años de Cristo cuando empezó a predicar,
Una edad como cualquier otra, le decía mientras cenábamos
A la luz de las velas
Contemplando el discurrir del río más literario del planeta.
Pero para nosotros el prestigio estaba en otra parte,
En las bandas poseídas por la lentitud, en los gestos
Exquisitamente lentos
Del desarreglo nervioso,
En las camas oscuras,
En la multiplicación geométrica de las vitrinas vacías
Y en el hoyo de la realidad,
Nuestro absoluto,
Nuestro Voltaire,
Nuestra filosofía de dormitorio y tocador.
Como decía, una muchacha inteligente,
Con esa rara virtud previsora
(Rara para nosotros, latinoamericanos)
Que es tan común en su patria,
En donde hasta los asesinos tienen una cartilla de ahorros
Y ella no iba a ser menos,
Una cartilla de ahorros y una foto de Tristán Cabral,
La nostalgia de lo no vivido, .
Mientras aquel prestigioso río arrastraba un sol moribundo
Y sobre sus mejillas rodaban lágrimas aparentemente gratuitas.
No me quiero morir, susurraba mientras se corría
En la perspicaz oscuridad del dormitorio,
Y yo no sabía qué decir,
En verdad no sabía qué decir,
Salvo acariciada y sostenerla mientras se movía
Arriba y abajo como la vida,
Arriba y abajo como las poetas de Francia
Inocentes y castigadas,
Hasta que volvía al planeta Tierra
Y de sus labios brotaban
Pasajes de su adolescencia que de improviso llenaban nuestra habitación]
Con duplicados que lloraban en las escaleras automáticas del metro,
Con duplicados que hacían el amor con dos tipos a la vez
Mientras afuera caía la lluvia
Sobre las bolsas de basura y sobre las pistolas abandonadas
En las bolsas de basura,
La lluvia que todo lo lava
Menos la memoria y la razón.
Vestidos, chaquetas de cuero, botas italianas, lencería para volverse loco,]
Para volverla loca,
Aparecían y desaparecían en nuestra habitación fosforescente y pulsátil,]
Y trazos rápidos de otras aventuras menos íntimas
Fulguraban en sus ojos heridos como luciérnagas.
Un amor que no iba a durar mucho
Pero que a la postre resultaría inolvidable.
Eso dijo,
Sentada junto a la ventana,
Su rostro suspendido en el tiempo,
Sus labios: los labios de una estatua.
Un amor inolvidable
Bajo la lluvia,
Bajo ese cielo erizado de antenas en donde convivían
Los artesonados del Siglo XVII
Con las cagadas de palomas del Siglo XX.
Y en medio
Toda la inextinguible capacidad de provocar dolor,
Invicta a través de los años,
Invicta a través de los amores
Inolvidables.
Eso dijo, sí.
Un amor inolvidable
Y breve,
¿Como un huracán?,
No, un amor breve como el suspiro de una cabeza guillotinada,
La cabeza de un rey o un conde bretón,
Breve como la belleza,
La belleza absoluta,
La que contiene toda la grandeza y la miseria del mundo
Y que sólo es visible para quienes aman.

*

LA FRANCESE

Una donna intelligente.
Una donna bella.
Conosceva tutte le varianti, tutte le possibilità.
Lettrice degli aforismi di Duchamp e dei racconti di Defoe.
In genere con un autocontrollo invidiabile,
Tranne quando era depressa e si ubriacava,
Cosa che poteva durare due o tre giorni,
Una sequela di bordeaux e di valium
Da far accapponare la pelle.
Allora di solito ti raccontava le storie che aveva vissuto
Tra i quindici e i diciotto anni.
Un film di sesso e di terrore,
Corpi nudi e affari ai limiti della legalità,
Un’attrice per vocazione e, nello stesso tempo, una ragazza con strani tratti di avarizia.]
La conobbi quando aveva appena compiuto venticinque anni,
In un’epoca tranquilla.
Immagino che avesse paura della vecchiaia e della morte.
La vecchiaia per lei erano i trent’anni,
La Guerra dei Trent’Anni,
I trenta anni di Cristo quando cominciò a predicare,
Un’età come un’altra, le dicevo mentre cenavamo
A lume di candela,
Contemplando la corrente del fiume più letterario del pianeta.
Ma per noi l’incanto era da tutt’altra parte,
Negli angoli posseduti dalla lentezza, nei gesti
Divinamente lenti
Del disordine nervoso,
Nei letti al buio,
Nella moltiplicazione geometrica delle vetrinette vuote
E nell’abisso della realtà,
Nostro assoluto,
Nostro Voltaire,
Nostra filosofia da camera e da toilette.
Una ragazza intelligente, dicevo,
Con quella rara virtù previdente
(Rara per noi latinoamericani)
Che è così comune nella sua patria,
Dove perfino gli assassini hanno il libretto di risparmio
E lei non era da meno,
Un libretto di risparmio e una foto di Tristán Cabral,
La nostalgia del non vissuto,
Mentre quel prestigioso fiume trascinava un sole moribondo
E sulle sue guance cadevano lacrime apparentemente gratuite.
Non voglio morire, sussurrava mentre veniva
Nella tagliente oscurità della camera da letto,
E io non sapevo cosa dire,
Non sapevo veramente che dire,
Salvo accarezzarla e sostenerla mentre si muoveva
Su e giù come la vita,
Su e giù come le poetesse di Francia
Innocenti e pudiche,
Fino a quando ritornava sul pianeta Terra
E dalle sue labbra spuntavano
Paesaggi della sua adolescenza che subito riempivano la stanza
Con copie di se stessa che piangevano sulle scale mobili della metropolitana,]
Con copie di se stessa che facevano l’amore con due tizi per volta
Mentre fuori cadeva la pioggia
Sopra i sacchetti della spazzatura e sulle pistole abbandonate
Dentro i sacchetti della spazzatura,
La pioggia che tutto lava
Tranne la memoria e la ragione.
Vestiti, giubbotti di cuoio, stivali italiani, biancheria intima che mi faceva impazzire,]
Che la faceva impazzire,
Apparivano e sparivano nella nostra camera sfavillante e frenetica,
E tracce veloci di altre avventure meno intime
Brillavano nei suoi occhi feriti come lucciole.
Un amore che non sarebbe durato a lungo
Ma che alla fine sarebbe diventato indimenticabile.
Questo disse,
Seduta vicino alla finestra,
Il volto sospeso nel tempo,
E le sue labbra: le labbra di una statua.
Un amore indimenticabile
Sotto la pioggia,
Sotto quel cielo fitto di antenne dove convivevano
Le ampie soffittature del XVII secolo
E le cacche di piccione del XX secolo.
E in mezzo
Tutta l’inestinguibile capacità di provocare dolore,
Intatta attraverso gli anni,
Intatta attraverso gli amori
Indimenticabili.
Sì, disse proprio così.
Un amore indimenticabile
E breve,
Come un uragano?,
No, un amore breve come il sospiro di una testa ghigliottinata,
La testa di un re o di un conte bretone,
Breve come la bellezza,
La bellezza assoluta,
Quella che contiene tutta la grandezza e la miseria del mondo,
Visibile solo a coloro che amano.

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